El olor a verano a finales de junio en sitios donde no hay mar suele ser verde y dulce, no empalaga, es cálido sin arder. No hay nada igual.
Cuando era pequeña pasábamos las vacaciones, antes de irnos a Suances o a La Cala de Mijas, en la piscina comunitaria, entre el olor de los pinos, del césped mojado por los aspersores y del bronceador Hawaiian Tropic de las señoronas.
Hoy, volviendo de clase de yoga, desde la moto podía oler a césped recién cortado de uno de los márgenes de la M-30. Me he acordado de Floren, el jardinero de la urbanización de la casa familiar. Siempre me hizo gracia un nombre tan apropiado, casi como de esos chistes que empezaban con “¿Sabes cuál es el colmo de...?”
Algunas mañanas de verano, con la luz entrando por las rendijas de la persiana, me despertaba el ruido del cortacésped y ese perfume increíble. Poco a poco me desperezaba sabiendo que no tenía ninguna prisa y que una jarra de colacao frío que hacía mi madre esperaba en la nevera. Qué despacio pasaban los días, qué rollo eran esos capítulos de Santa Bárbara y qué poco espacio ocupaba en mi cabeza la idea del paso del tiempo, al contrario que ahora.
Estoy preparando mi viaje de verano de este año y me he descubierto haciendo un Excel ultradetallado que me permita optimizar. Sí, esa palabra. Eficiencia y turbocapitalismo vacacional. Casi me da algo. Ratas a la carrera, versión tour operador.
Por suerte, me he dado cuenta ahora y no después.

Tuve una relación a distancia y aprovechaba mis vacaciones para pasar el máximo tiempo posible con ella, intentando adaptarme al hueco mínimo que dejaban un montón de normas preexistentes e inmutables: al final yo tenía que ceder todo el rato, no pintaba nada. Sin embargo, no evado responsabilidades, la verdad es que mi tiempo ha sido mío siempre: tanto las vacaciones interminables cuando era niña como los últimos veranos, orbitando a la deriva por amor alrededor de planes ajenos, o este que empieza donde todo es posibilidad.
Sí, este año, sola, me siento dueña y señora (alerta frase hecha) de las más de quinientas horas de vacaciones que tengo por delante. Puedo hacer lo que quiera. Mirando este Excel lo veo claro: yo decido. También si quiero ser flexible. Entiéndeme, salvo causa de fuerza mayor.
El otro día hablaba con Pepo de que cuanto menos tiempo tenemos, más valor tiene. Si hay algún economista leyendo esto, que lo dudo, sería algo así como la utilidad marginal del tiempo de vida. Al día siguiente, comiendo con mi compañero Anurag en el tandoori de al lado del metro El Carmen, comentamos, muy védicos nosotros, cómo aquello que ocupa tu mente es a lo que estás dando tu prana.
Ambas ideas juntas son un buen recordatorio antes de parar para agradecer y disfrutar del tiempo que tenemos, dar nuestra energía a aquello que realmente nos importa y llenar ojos, cabeza y corazón (y estómago) de maravillas. Y a mi ritmo: la ineficiencia también es revolución. Mientras, sigo como un sabueso el rastro del olor a verano.
NOTA: Cerrado por vacaciones. Estaré unas semanas sin escribir por aquí, de roadtrip por Francia y Gran Bretaña, pero volveré, espero, con algo muy chulo. Si, como yo, tienes la fortuna de disfrutar de unos días libres este verano, disfruta, descansa y sé muy feliz.




"Eficiencia y turbocapitalismo vacacional." Brillante... y que difícil es huir de ello, que difícil parece parar... es un verdadero acto revolucionario que pocos sabrán apreciar. Disfruta de tu tiempo.